13. feb., 2017

¿POR QUÉ CUESTA TOMAR DECISIONES?

Cada acto que realizamos en la vida implica una decisión, y cada decisión conlleva una ganancia, pero también una pérdida. Incluso el simple hecho de comprar unas patatas fritas supone realizar una valoración entre lo que vamos a conseguir y perder. Seguramente la mayoría de las personas lo considerarían una decisión sencilla y lo hagan de forma inconsciente. Desgraciadamente no todas las decisiones a las que nos enfrentamos en la vida son tan fáciles ni la solución tan evidente (los estudios a realizar, elección de pareja, un puesto de trabajo, la educación de los hijos…) Incluso podemos llegar a sentirnos bloqueados y sin capacidad para encontrar una solución que nos deje satisfechos.

Parte de la dificultad que encontramos a la hora de tomar decisiones radica en el número de opciones disponibles y el grado de accesibilidad: cuantas más opciones se planteen, y mayor acceso a ellas tenga uno, más difícil puede ser la decisión. Se tratan de factores externos a nosotros mismos que determinan en gran parte la decisión a tomar (cuando voy a comprar un coche mi presupuesto limitará las opciones disponibles por muy atractivas que me resulten). Estos factores son difícilmente modificables y generalmente están fuera de nuestro control (no puedo influir en el número de modelos de coche disponibles en el mercado).

Sin embargo, hay otros factores que también intervienen en el proceso de la decisión, que sí dependen de uno mismo y pueden ayudarnos a elegir la alternativa que mejor cumpla nuestros intereses en cuanto a coste-beneficios: nuestras prioridades, valores y capacidad para tolerar la frustración. Generalmente una decisión se complica cuando entran en contradicción, o cuando la renuncia produce malestar.  Es al experimentar esa frustración cuando debemos recordar los motivos de la elección: si hemos sido capaces de mantener prioridades y valores ese malestar tendrá un significado personal y podremos tolerarlo mejor. Si somos coherentes en nuestras decisiones, percibiremos mayor sensación de control, mayor satisfacción y confianza en nuestra capacidad.

¿Cómo hacerlo?

  1. Establece un orden de prioridades respecto a la elección a tomar: no te centres sólo en lo más superficial, sino en el objetivo final que deseas conseguir. Todas las decisiones tienen aspectos positivos, pero algunos serán más importantes que otros (a la hora de elegir un puesto de trabajo la prioridad puede ser el sueldo, el grado de satisfacción profesional, cercanía al domicilio, experiencia aportada, tiempo libre, etc.)
  2. Busca aquella opción que más se acerque a tus valores personales en la medida de lo posible: las personas sufrimos cuando tomamos decisiones que se contradicen con nuestros valores a pesar de que se pueda obtener beneficio de ello (dedicarle muchas horas al trabajo cuando lo importante para ti es la familia).
  3. Pon tu atención en aquello a lo que no podrías renunciar en lugar de aquello que te gustaría tener: pensar sólo en los beneficios puede hacer más difícil la solución (puede ser difícil renunciar a un buen sueldo, pero será más fácil si está clara otra prioridad como tener más tiempo libre).
  4. Recuerda los motivos de tu decisión y no te dejes llevar por la frustración: cuando la renuncia te haga sufrir ten presente cuál fue la prioridad con la que tomaste la elección (puede hacerme sufrir pasar menos tiempo con la familia, pero necesito ese puesto de trabajo para poder mantenerla).